CIMAS

CIMA Nº 36: KNEIFF (LUXEMBURGO)

GRAN DUCADO DE LUXEMBURGO

KNEIFF

10/10/2026

ALTITUD

560 m

ANDREU LÓPEZ Y ÀLEX PORTERO

NIVEL DIFICULTAD

BAJO

Viaje al corazón de Europa

Suena el despertador a las 7:00 de la mañana. Es sábado 10 de octubre y, desde que partí hacia Rusia (Elbrús) el pasado 5 de septiembre, las últimas semanas han estado repletas de emociones y vivencias intensas. La expedición al Cáucaso fue un éxito que culminó en el techo de Europa y en una salida del país por vía terrestre que resultó toda una experiencia para el alma y los sentidos.

Tras regresar a mi tierra, tuve una semana para trabajar muy intensamente y sacar adelante todo lo posible, pues a la siguiente tenía programada una intervención ocular que me obligó a permanecer entre siete y diez días apartado del trabajo. Una operación —y especialmente de la vista— siempre conlleva incertidumbre y nervios, así que no fueron días fáciles. Mi reincorporación laboral, aunque procuré que fuera gradual, implicó jornadas de gran intensidad debido a la elevada carga de trabajo que tengo.

El aquí y el ahora son diferentes. Madrugamos por una buena causa: Luxemburgo. A las 8:15 llego a Sant Just Desvern y recojo a Àlex Portero, mi compañero en esta escapada de tres días al Gran Ducado. Àlex es un gran amigo desde hace mucho tiempo: nos conocimos hacia 2011 en el ámbito laboral y desde entonces hemos seguido viéndonos. Tiene especial mérito por su parte, ya que en los últimos años su familia ha crecido con Paula y Gerard.

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El Gran Ducado de Luxemburgo es uno de los países más pequeños de Europa y el único gran ducado soberano del mundo. Situado en el corazón de Europa Occidental, limita con Alemania, Bélgica y Francia. Pese a su pequeño territorio, es una potencia económica global con uno de los PIB per cápita más elevados del mundo y destaca por su carácter trilingüe (luxemburgués, francés y alemán) y multicultural (cerca del 50 % de sus habitantes son extranjeros). Su capital es la ciudad de Luxemburgo, donde viven unas 140.000 personas de las casi 700.000 que tiene el país (datos del censo de 2026).

Luxemburgo se organiza como una monarquía parlamentaria constitucional unitaria, cuyo jefe de Estado es el gran duque Guillermo V, de la dinastía Nassau-Weilburg. Es miembro fundador de la Unión Europea, la OTAN, la ONU y el Benelux, y la ciudad de Luxemburgo es una de las tres sedes oficiales de las instituciones europeas.

El vuelo sale puntual a las 10:40 de la terminal B del aeropuerto de El Prat. Volamos con Ryanair, la misma compañía que el año pasado nos llevó a San Marino, en lo que fue el debut de Àlex en el proyecto TSOW.

El avión aterriza puntualmente a las 12:30 en el Gran Ducado y, como no podemos recoger el coche de alquiler hasta las 13:00, aprovechamos para comer algo rápido.

La compañía elegida por Àlex es AVIS. En Noruega alquilé con Hertz, así que creo que mis amigos de Europcar empiezan a estar preocupados después de haber sido la opción de movilidad de TSOW durante tantos viajes consecutivos. Las decisiones financieras de este viaje —reservas de hotel, coche y avión— han quedado bajo la competencia de Àlex, mientras que quien escribe estas líneas se ha ocupado de programar las actividades.

Mi operación de la vista es reciente, así que pregunto a Àlex si le importa conducir el SKODA que nos han asignado. Hacia las 13:30 arrancamos rumbo a Éislek, en las Ardenas luxemburguesas, que ocupan el tercio norte del país y son famosas por sus densos bosques, kilómetros de senderos —hasta 1.900— y un rico patrimonio histórico con numerosos y espectaculares castillos medievales.

El coche se detiene hacia las 15:00 junto a un monumento dedicado a los combatientes estadounidenses de la Segunda Guerra Mundial. El país mantiene un vínculo fraternal con Estados Unidos desde que este lo liberó de la ocupación nazi en septiembre de 1944. El agradecimiento es tal que en localidades de las Ardenas como Clervaux, Wiltz o Ettelbruck hay plazas, tanques expuestos y monumentos donde ondea permanentemente la bandera estadounidense.

Disfrutamos de un agradable paseo de alrededor de una hora, el tiempo que nos lleva completar la ruta circular de cinco kilómetros que he programado, prácticamente sin desnivel. Conversación agradable y fluida con un gran amigo mientras desfilan ante nuestros ojos densos bosques, campos de cultivo y vacas, muchas vacas, que nos regalan un momento mágico cuando una docena se acerca tanto que casi podemos tocarlas.

Después de este regalo de bienvenida a Luxemburgo, cortesía del reino animal, divisamos en el horizonte, al final de una suave pendiente, dos banderas: la enseña nacional tricolor y la bandera civil, conocida popularmente como el «León Rojo». Sin grandes desniveles ni dificultades técnicas, pero con la ilusión de siempre, sumamos una nueva bandera al proyecto. El Kneiff es nuestro techo número 36 —el segundo compartido con mi socio Àlex— y demuestra que cada país, independientemente de su altitud, tiene una historia por descubrir. Sus modestos 560 metros y el poco tiempo que requiere la ascensión nos dejan todavía horas de luz para seguir descubriendo Luxemburgo y, concretamente, los castillos medievales de las Ardenas.

Segunda parada del día: Clervaux. Un pueblo pequeño, encajado en el valle y con mucho encanto, que cuenta con un castillo —con una exposición fotográfica inscrita en el registro Memory of the World de la UNESCO—, una bonita iglesia románica y una abadía en las afueras.

Sin pausa, pero sin prisa, ponemos rumbo al tercer objetivo del día: el espectacular castillo de Vianden, que domina el valle del Our y es probablemente la imagen más impactante de Éislek. Alcanzamos este objetivo turístico solo a medias, porque la puesta de sol a las 19:15 nos deja prácticamente sin luz y tenemos que «conformarnos» con contemplar el castillo desde lejos.

La falta de luz nos invita a dirigirnos al Hotel Simon’s Plaza, en Grevenmacher —al este del Gran Ducado y a unos quince minutos de Luxemburgo—, elegido por el director financiero de la expedición. Con precios menos elevados que en la capital y aparcamiento gratuito, el Simon’s Plaza ofrece una relación calidad-precio más que interesante. Tiene restaurante, donde disfrutamos de una cena excelente, y la estancia incluye desayuno y las bebidas de la nevera sin coste adicional.

Antes de acostarme leo un rato la revista de deporte y naturaleza Oxígeno, que me decepciona bastante, por lo que dudo que vuelva a comprarla. Después preparo el programa de mañana: nos espera la «Pequeña Suiza luxemburguesa».

Àlex, puntual, llama a la puerta de la habitación 207 a las 8:00 y su compañero le abre para bajar juntos a desayunar. Hemos reservado habitaciones separadas para que corra el aire: en un grupo de solo dos personas es importante disponer de momentos de autonomía y privacidad.

El desayuno es muy completo y el personal del hotel —como toda la gente con la que hemos coincidido en el país— es muy amable. Le explico la agenda del día, bastante activa y cargada de actividades, aunque los desplazamientos serán breves dadas las reducidas dimensiones del Gran Ducado.

A las 9:30 llegamos a Echternach, una de las localidades de referencia de la región de Müllerthal, conocida también como la Pequeña Suiza de Luxemburgo. Es un paraíso natural al este del país que destaca por sus bosques de cuento, desfiladeros de arenisca y cascadas. Propongo a Àlex completar una ruta circular de unos quince kilómetros y 300 metros de desnivel acumulado (ruta E1) que parte de Echternach, llega casi a Berdorf y regresa al punto de partida.

La belleza y espectacularidad del paisaje nos sorprenden muy gratamente: bosques de vegetación abundante, desfiladeros y formaciones rocosas, grietas entre paredes que atravesamos, ríos que discurren paralelos al sendero y, sobre todo, calma, mucha calma en el entorno natural y humano (los luxemburgueses son muy cívicos y educados). El paseo matinal nos sienta de maravilla, aunque las casi cuatro horas y media de ruta nos abren el apetito. Elegimos un restaurante italiano que no pasará a la historia por su calidad.

La segunda parada es la cascada de Schiessentümpel, imagen icónica de la región: un pequeño puente de piedra bajo el cual el agua cae formando tres saltos divergentes. La programación corre a cargo del excursionista y explorador de techos nacionales, así que decido ir más allá de la parada exprés que hace la mayoría de los turistas. Preparo una ruta circular de 5,25 kilómetros y 100 metros de desnivel positivo (ruta W6), que termina en la cascada y nos ocupa una hora y media de la tarde.

Son las 17:30 y, aunque llevamos muchas actividades a nuestras espaldas, seguimos fieles al dicho «no hay dos sin tres». La tercera parada responde a una recomendación de la oficina de turismo de Echternach que no da precisamente en el centro de la diana, pero en la vida no todo puede salir bien. El castillo de Larochette y los bares regentados por portugueses —una comunidad inmigrante muy numerosa en el Gran Ducado— no son alicientes suficientes para justificar la visita.

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La despedida del sol y el cansancio de un día repleto de actividades nos llevan de regreso al Hotel Simon’s Plaza. Hoy domingo parece que el país se paraliza y el restaurante del hotel está cerrado, así que, después de descansar un poco en nuestras habitaciones, nos dirigimos a uno de los pocos restaurantes abiertos de la zona. No alargamos demasiado la estancia, pues llevamos prácticamente todo el día de aquí para allá. ¡La 207 nos espera!

Antes de cerrar los ojos leo un rato la revista Oxígeno y paso un tiempo desplazándome por las redes sociales. Tras dos días de naturaleza y castillos, el Luxemburgo rural cederá el protagonismo al urbano: mañana nos espera una jornada turística por la capital.

Son las ocho de la mañana y Àlex llama a la habitación 207. Bajamos al comedor del hotel, donde hay poca gente, y desayunamos. Mientras comemos debatimos cómo organizar el día y decidimos aparcar en el centro para estar cerca de los principales lugares de interés.

Nuestro paseo empieza en Kinnekswiss Park, el parque más grande de la ciudad, que los luxemburgueses utilizan para descansar, tomar el sol, correr, ir en bicicleta o llevar a los niños a jugar en un enorme barco acondicionado como parque infantil, entre otras actividades. El azar nos conduce a la Oficina de Turismo, situada en la bonita plaza de Guillermo II. Allí conseguimos un mapa con un recorrido de unos dos o tres kilómetros que pasa por los principales puntos de interés: la catedral de Notre-Dame, el Palacio Gran Ducal, el puente Adolphe, el Chemin de la Corniche —600 metros de paseo elevado con magníficas vistas al barrio de Grund—, así como el Rocher du Bock y las Casamates du Bock. Este último lugar es el origen histórico de Luxemburgo: el conde Sigfrido estableció allí el castillo de Lucilinburhuc en el año 963. Las galerías subterráneas son una de las visitas emblemáticas de la ciudad que no os podéis perder.

Una vez terminado el itinerario recomendado por la Oficina de Turismo, y como apenas son las 12:00, decidimos seguir caminando hasta el barrio de Pfaffenthal. Aunque finalmente no nos detenemos allí, aprovechamos el ascensor panorámico y el funicular para continuar nuestro recorrido. Dejamos atrás el Luxemburgo medieval y nos adentramos en el Luxemburgo que contribuye a decidir el futuro de Europa: llegamos al barrio europeo de Kirchberg.

Kirchberg se encuentra en el noreste de la capital y alberga instituciones tan importantes como el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, la Secretaría del Parlamento Europeo —con diversos servicios administrativos y de trabajo—, el Banco Europeo de Inversiones (BEI), entidad financiera de la UE, y el Tribunal de Cuentas Europeo, encargado de fiscalizar las cuentas comunitarias.

Antes de visitar las instituciones europeas hay que aportar nutrientes al cuerpo. Llegamos a un centro comercial con múltiples opciones gastronómicas que me seducen —cocina persa, libanesa o asiática—, pero ninguna tienta a Àlex y acabamos en territorio gastronómico más conocido: un restaurante italiano nos servirá la última comida de nuestro periplo luxemburgués.

El origen de la Unión Europea se remonta a la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, con el objetivo de garantizar la paz, la reconciliación entre enemigos históricos —como Francia y Alemania— y la prosperidad económica del continente. Entre los principales hitos de su nacimiento figuran la Declaración Schuman de 1950 y la creación, en 1951, de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), de la que Luxemburgo fue uno de los seis países fundadores junto con Bélgica, Países Bajos, Alemania Occidental, Francia e Italia. Todo esto y mucho más lo refrescamos en nuestra visita al Parlamento Europeo, que también tiene sedes en Bruselas y Estrasburgo.

Es hora de desandar el camino e ir a hacer compañía a nuestro SKODA, que tantas horas solo debe de haberse sentido aburrido y abandonado. Hacia las 16:00 llegamos al coche y tardamos unos veinte minutos desde el aparcamiento hasta el aeropuerto, donde, antes de devolverlo, toca cumplir con lo establecido. Con el depósito lleno entregamos las llaves al personal de AVIS y ya solo queda esperar pacientemente a que las alas de Ryanair nos lleven de vuelta al origen.

Luxemburgo nos ha enseñado que se puede ser muy grande siendo pequeño. Un país de dimensiones modestas que ha sabido convertir su ubicación geográfica, su apertura económica y su diversidad cultural en auténticos motores de prosperidad. Un importante centro financiero internacional, una economía competitiva y cosmopolita y un territorio donde conviven múltiples lenguas y nacionalidades. Luxemburgo es también un país profundamente europeísta, uno de los impulsores del proyecto de integración europea y sede de numerosas instituciones comunitarias. Sin salida al mar y encajado entre Alemania, Francia y Bélgica, ha sabido proyectar su influencia mucho más allá de sus fronteras.

Pequeño en extensión, grande en ambición y extraordinario en proyección internacional. Luxemburgo no está solo en el corazón geográfico de Europa: también es uno de los lugares donde late con más fuerza su espíritu.

 

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