CIMAS

CIMA Nº 35: ELBRUS (RUSIA)

RUSIA

ELBRUS

11/09/2026

ALTITUD

5.642 m

ANDREU LÓPEZ Y FRANCISCO ABELLÁN

NIVEL DIFICULTAD

ALTO

ELBRUS — Un paso atrás para avanzar

Es enero de 2026. Regreso del viaje a los Andes sin haber alcanzado ninguno de los 2 objetivos planteados: no he hecho cumbre en el Ojos del Salado, tampoco he alcanzado la cumbre del Aconcagua. Soy consciente de que puedo coronarlos, soy consciente de algunos errores cometidos en la expedición que transformaré en aprendizajes, al mismo tiempo que soy consciente de que antes de alcanzar cumbres de 7.000 metros previamente debo consolidar la cota comprendida entre los 4.500 y 6.500 metros. Entre estos pensamientos y reflexiones y en pleno vuelo transoceánico de regreso a la patria aparece ante mí el Elbrus que, ubicado en territorio ruso y con sus 5.642 metros, reúne los criterios de la reflexión.

Rusia no es Francia, ni Italia. Así que durante el mes de junio nos vemos en 2-3 ocasiones con Jordi Guasch para tramitar el visado ruso y reunir el resto de documentación que se precisa para entrar en territorio exsoviético (seguro, contacto local, entre otros). En una semana nos llega la confirmación de que nuestros trámites se han gestionado correctamente, así que el día 6 de septiembre aterrizaremos en territorio de la Federación Rusa.

Los meses de julio y agosto transcurren rápidamente: el Galdhøpiggen noruego, el crucero por el Mediterráneo con la familia, trabajar duro para tener el trabajo adelantado antes de mi partida, entrenar para llegar en buena condición física y mental a la cumbre…

La expedición está integrada por 4 personas: Jordi Guasch, quien ya ha aparecido en otras crónicas y ha estado presente en diversos viajes como los de Bolivia, los Alpes, los Andes, el Kilimanjaro y el Ararat.

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También contaremos con el murciano Francisco Abellán, con quien he mantenido una comunicación regular durante las semanas previas al viaje pese a no conocernos personalmente. Lleva dos años preparando a conciencia esta ascensión. Ha viajado poco y solo ha salido una vez de España, precisamente para ascender el Toubkal marroquí, pero posee uno de los tesoros más valiosos que puede tener una persona: una descomunal fuerza de voluntad, acompañada de una enorme fe y determinación para alcanzar la cumbre. No tengo ninguna duda de que lo conseguirá.

El último integrante del grupo y, al mismo tiempo, la persona de mayor edad es Luís Bozzo. Nacido en Perú, aunque con más de 30 años de residencia en España, es ingeniero de profesión, una persona con una gran sabiduría que descubrió su pasión por la montaña no hace demasiados años. Desde entonces no ha parado: expediciones al Toubkal, Kilimanjaro, Aconcagua, Mera Peak… un aventurero que ha desafiado al reloj y a la biología.

El desplazamiento a Rusia no lo realizamos conjuntamente todos los integrantes del grupo y, en mi caso, parto de Barcelona con Jordi Guasch. Hemos quedado a las 5:00 de la mañana en la terminal 1 del aeropuerto del Prat (Barcelona), ya que el avión sale a las 7:30 y, dado que debemos facturar equipaje, es necesario llegar con un tiempo prudencial de antelación. Estambul no es el destino final del trayecto aéreo, ya que haremos allí una escala de únicamente 65 minutos antes de tomar el segundo vuelo hasta Tbilisi (capital de Georgia).

Tenemos una fortuna importante y es que nuestro siguiente y segundo vuelo partirá de la misma puerta en la que hemos aterrizado. Teniendo en cuenta la inmensidad del aeropuerto de Estambul, una auténtica lotería, aunque supongo que la coincidencia de operadora aérea (Turkish Airlines) lo ha propiciado.

 

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Llegamos a Tbilisi (Georgia) a primera hora de la tarde y un taxi nos conduce al hotel, que he intentado que no fuera céntrico para poder descansar mejor. Dejamos el equipaje en la habitación y ponemos rumbo al centro de la ciudad, donde dejamos que el azar nos conduzca a los principales puntos de interés: la Torre del Reloj, la Catedral de Sameba (tercera catedral ortodoxa más alta del mundo), el Puente de la Paz, además de deambular por diferentes calles y emplazamientos en los que la vanguardia se fusiona con el pasado en perfecta armonía. Las pocas horas de turismo de las que disponemos las aprovechamos perfectamente en una ciudad que cabe remarcar que es absolutamente segura y en la que no podemos dejar de degustar la especialidad local, el Khachapuri, un delicioso pan relleno de queso fundido con forma de barca y coronado con una yema de huevo y mantequilla.

Con la barriga bien llena y vino local circulando por las venas llegamos nuevamente al hotel. Ha sido un día con la agenda bien cargada y, después de 2 vuelos y el descubrimiento de una bonita capital europea, llega el momento de bajar persianas. Mañana conoceremos al resto de compañeros del grupo y juntos pondremos los pies en territorio ruso. Ha llegado la hora.

Nos encontramos a las 8:00 de la mañana con Jordi para desayunar y, sin demora, acabamos de preparar el equipaje para subir a las 8:45 al taxi que nos conducirá de nuevo al aeropuerto de Tbilisi. Allí conoceremos a Luís y Francisco, que llegarán unos 45 minutos después que nosotros. Tenemos tiempo para conversar, ya que todavía queda un rato hasta que abran los mostradores de facturación.

El trayecto hasta Mineralnye Vody (Rusia) supone apenas 60 minutos de vuelo y desde las alturas tenemos vistas privilegiadas de la cordillera del Cáucaso. Algunos, seguramente presos de la anticipación, indican que divisan el Elbrus.

Bajo el último peldaño de la escalera del avión y ahora sí, piso territorio ruso. Impone respeto. Es una mezcla de emoción e inquietud a partes iguales y es que no podemos olvidar que el país se encuentra en guerra con Ucrania y es un régimen dictatorial por mucho que se maquille de democracia.

Soy el primero de los cuatro en pasar por el control migratorio. La cosa va bastante bien y es que el colectivo alpinista, por lo general, siempre es visto con buenos ojos. A la salida del aeropuerto nos recoge, con unos 15/20 minutos de retraso, una furgoneta que en 3 horas nos conducirá hasta la localidad de Terskol (salvando las distancias, el Chamonix ruso). El paisaje me gusta mucho, ya que atravesamos un espectacular valle por el que discurre el caudaloso río Baksan.

Terskol es una localidad situada a 2.144 m y perteneciente a la región de Kabardino-Balkaria (al sur de Rusia), que constituye el punto de partida clave para las expediciones al Elbrus.

Hacemos el check-in en el hotel, donde nos queda claro que en Rusia quieren absolutamente toda la documentación en papel físico, así que si vais al país exsoviético es importante llevarlo todo impreso. Después de instalarnos en el hotel, las piernas me piden movimiento, así que salimos a pasear un poco por la localidad y también aprovechamos para hacer algunas compras.

A las 19:00 estamos en la recepción del hotel, donde hemos quedado con nuestro guía ruso, Ivan Alexeev. Tiene cerca de 40 años, se le ve en buena forma física y parece buena persona, así que intuyo que nos saldrá cara en la siempre difícil lotería de los guías de montaña.

Después de una cena copiosa, Ivan pasa por nuestras habitaciones para comprobar nuestro material de montaña. En mi caso me aconseja que alquile un pantalón algo más cálido que el que tengo, si bien considera correcto todo lo demás. Cuando finaliza la comprobación del material nos vamos a dormir.

Es lunes y el programa prevé una caminata de aclimatación de unos 13 kilómetros y 6 horas de duración, primero hasta la cascada Maid’s Braids (a 2.700 metros) y, más adelante, hasta el observatorio a 3.100 metros. El paisaje es espectacular, con vegetación que alcanza la cota de 3.000 metros y, en el horizonte, desde el observatorio, se intuye lo que será nuestro Campamento Base durante los próximos días.

La excursión nos ocupa la mañana y parte de la tarde, ya que llegamos al hotel sobre las 16:00. Resumiendo, se nos juntan la comida y la cena, que conseguimos diferir únicamente hasta las 19:30. Con la barriga bien llena entramos en la habitación, terminamos de preparar el equipaje y nos vamos a dormir. La fase de aclimatación en Terskol ha finalizado y ahora nuestra base de operaciones a partir de mañana será el Campamento Base del Elbrus, a 3.888 metros.

Desayunamos y de manera inminente nos recogerá una furgoneta que nos conduce hasta una estación de esquí. Sin embargo, no subiremos al campamento base del Elbrus con los remontes (opción habitual de los alpinistas), sino que, debido a actuaciones de mantenimiento, nosotros lo haremos con un camión equipado con remolque que desafiará durante 1 hora y 30 minutos pronunciadas rampas del 30%-35% hasta detenerse a 3.888 metros, la que será nuestra casa durante los próximos 4 días.

Hemos tenido que esperar unas 2 horas al camión, así que terminamos de comer sobre las 15:00. Vamos tarde, muy tarde, y es que hoy el programa es bastante exigente para el cuerpo. Hemos salido con el camión desde 2.100 metros hasta el campamento base a 3.888 metros y el programa de aclimatación prevé una excursión hasta los 4.700 metros, donde se encuentran las famosas Rocas de Pastukhov.

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En un mismo día pasaremos de 2.100 metros a 4.700 metros, es decir, 2.600 metros, una diferencia considerable. El guía nos dice que nunca había salido tan tarde para completar este recorrido, así que cogemos los frontales.

La ruta no presenta ninguna complejidad y seguimos una pista siempre en línea recta. Presenta pendientes significativas. He decidido salir sin bastones para acostumbrarme a gestionar la adversidad y la incomodidad. No voy sobrado sin bastones, pero tampoco voy mal, y gestiono también bastante bien la adversidad meteorológica, ya que a 4.700 metros sopla fuerte el viento y los termómetros bajan hasta los 20 grados bajo cero. A nivel de grupo hay alguna diferencia entre nosotros respecto al ritmo que debe llevar el grupo, pero lo hablamos, lo aclaramos y todo correcto. Es clave en alta montaña comunicarse, dado que se producen momentos de tensión y debe existir una transparencia total entre los diferentes miembros de la expedición.

Llegamos tarde al campamento base, sobre las 21:00. La salida nos habrá ido muy bien para mejorar la aclimatación, si bien en mi caso ha cobrado un peaje alto en forma de diversas heridas que me han provocado mis botas Sportiva G2, que son bastante duras y no calzo habitualmente.

La cocina rusa me gusta. El plato principal suele ser una sopa altamente calórica y energética y el segundo plato suele ser carne acompañada de verdura. La cocinera no habla inglés y únicamente se dirige a nosotros con un universal “nyam nyam”. El universo ruso es bastante hermético, si bien todas las personas con las que hemos coincidido se han mostrado generosas y amables con nosotros. La guerra y el sistema político ruso son temas completamente tabúes. Después de cenar, conversamos un poco con los compañeros del grupo y nos retiramos a nuestros dormitorios, que son habitaciones de 4 plazas bien acondicionadas y perfectamente aisladas del exterior. Nos despertamos. No he descansado demasiado bien, aunque es algo habitual en mí cuando estoy de expedición, dado que me cuesta adaptarme a entornos de descanso adversos.

El horario se va definiendo. Mañana jueves no haremos cumbre y el día escogido, por presentar una mejor meteorología, será el viernes 11 de septiembre. Toda elección presenta “pros” y “contras” y, si bien nos lo jugaremos todo a una carta, ya que no tendremos días de reserva (el sábado ya emprendemos el camino de regreso), nos permitirá disponer de un extra de aclimatación que personalmente me irá muy bien, dado que no me caracterizo por las aclimataciones rápidas.

Hoy miércoles dedicaremos la mañana a recibir lecciones de seguridad en la montaña, así como a realizar maniobras de detención. Nuestro guía Ivan Alexeev nos imparte un magnífico tutorial y personalmente me gusta mucho que, además de ser un gran profesional, adopte un enfoque muy prudente y preventivo en lo que respecta a aspectos relacionados con la gestión del riesgo. La mañana pasa volando y, además de aprender mucho, me lo paso muy bien.

Mientras tenemos el “nyam nyam” en el comedor del Campamento Base, Ivan nos insiste en que de ahora en adelante y hasta el día de cumbre nuestra prioridad debe ser descansar, hidratarnos y comer. Parece fácil, pero no lo es, y menos para alguien como yo, que tengo tendencia a la actividad (física, mental…), así que hago memoria de las lecciones aprendidas en expediciones anteriores y me focalizo en la respiración.

 

Después de descansar un poco en la habitación y conversar con los compañeros, salimos con Luís y Jordi a estirar las piernas y a mover el cuerpo de manera poco intensiva.

Una de las fortalezas que debe tener un buen alpinista es la paciencia y la capacidad de espera. Ahora toca cultivar la calma, la pausa y la serenidad.

Inmediatamente después de cenar me doy cuenta de que no me siento al 100% de energía. Pido un termómetro y este marca 37 grados, son unas décimas de fiebre. Ahora sí que toca descansar y pido a la “madre tierra” que, por favor, esté en condiciones para la Diada de Cataluña, que al mismo tiempo es nuestro día D.

Hoy es jueves, el día previo a la ascensión, y aunque sigo con unas décimas de fiebre me siento con más fuerza que anoche. No quiero quedarme dentro del saco de dormir, necesito darme mensajes de activación, así que después de desayunar salgo a dar un paseo relajado y lento con Luis. Hemos cultivado una bonita relación y hemos mantenido conversaciones muy interesantes a lo largo del viaje. Es una persona con mucha experiencia y conocimientos acumulados y compartir intercambios de impresiones con él siempre resulta enriquecedor.

Llegamos hasta un banco con vistas privilegiadas al Elbrus y, en nuestro acto contemplativo, aparece una curiosa y aventurera zorra que viene a inspeccionar si alguien ha dejado restos de comida. Es un momento muy bonito y a la vez salvaje. Me hace tomar conciencia de lo afortunado que soy de poder vivir y regalarme momentos y viajes como este, tan alejados de mi casa, aunque paradójicamente siempre he sentido que mi casa es el mundo.

La tarde del jueves la dedico a descansar, a respirar, a potenciar la calma, si bien no permanezco todo el tiempo en la habitación y salgo al exterior con el otro compañero de grupo, Francisco.

Jordi Guasch presenta una preocupante tos acompañada de mucosidad, difícilmente compatible con un intento de ascensión al Elbrus. Con Francisco no nos alejamos excesivamente del Campamento Base y nos quedamos en un bonito mirador en el que por un momento nos convertimos en Instagramers y modelos. Es un lugar muy agradable en el que dejamos que los últimos rayos de sol nos acaricien mientras contemplamos, por última vez antes del ataque a cumbre, el Elbrus. A ver qué nos deparará el día de mañana…

Nos vamos a dormir a las 20:30 de la tarde para despertarnos a la 1:00 de la madrugada, que a su vez es la hora a la que acostumbro a irme a dormir. Lógicamente no duermo ni un minuto, aunque intento relajarme, descansar y estar tranquilo. Oigo a Jordi Guasch toser, lo noto incómodo e intuyo que no saldremos el grupo completo.

Llega la 1:00. Francisco, todavía con poca experiencia en expediciones internacionales, está nervioso y ya lleva unos minutos preparando el material. Luís tiene mala cara y nos dice que no ha dormido bien y que quizá se queda descansando. Le contesto amistosamente que no hemos venido hasta Rusia para decidir el día de cumbre no salir, así que lo recupero para la causa. Seremos, por tanto, 3 integrantes, ya que efectivamente Jordi no podrá salir por sus problemas de resfriado.

A las 3:00 de la madrugada el snow-cat sale y se encarama pendiente arriba hasta los 5.100 metros, donde nos dejará. Se trata de una máquina quitanieves que cuesta 150 euros por persona (solo ida) y que es la opción escogida por el 90% de los alpinistas. Previamente he tenido importantes dudas con la bota que debo calzarme. Las Sportiva G2 me hacen daño y personalmente sería partidario de las más flexibles Sportiva Equilibrium, si bien Ivan me lo quita de la cabeza advirtiéndome de que pasaré frío. Le hago caso a medias (Sportiva G2 en los pies, pero Sportiva Equilibrium en la mochila).

Subir a un vehículo a las 3:00 de la madrugada, a 3.888 m de altitud, que al cabo de 45 minutos te deja a 5.100 metros de altitud, es un choque considerable para el cuerpo tanto a nivel de oxígeno como de oscilación térmica. No obstante, hay momentos en la vida en los que lo mejor es no pensar y este es uno de ellos.

Ivan, el guía, es consciente de ello y por eso, nada más bajar del snow-cat, nos pone a caminar en el siguiente orden: Ivan encabezando el grupo, seguido de Luís, en medio de la cordada humana quien escribe estas líneas, detrás del alpinista-escritor Francisco y, cerrando el grupo, el guía auxiliar Mikhail. El ritmo es bastante alto y somos de los primeros grupos en avanzar.

La noche no es fría y parece que, meteorológicamente hablando, tendremos uno de los mejores días del año. Luís empieza siguiendo los pasos marcados por Ivan con solvencia, aunque al cabo de unos 60 minutos me doy cuenta de que no va cómodo. Pienso que el ritmo es un poco alto y que paramos poco… echo de menos el “pole pole” del Kilimanjaro y es que soy de la opinión de que los guías de montaña son poco empáticos con el ritmo que necesita un “cliente” no acostumbrado a la altura.

Sobre las 5:30 de la mañana llegamos a la cota de 5.300 metros. Se trata de una parte llana del recorrido que permite recuperar fuerzas antes de afrontar una pendiente pronunciada que presenta diversos puntos de anclaje. En ese preciso momento veo que el rostro de Luís duda y le manifiesta a Ivan que no se siente lo suficientemente seguro y confiado para afrontar el tramo que nos espera a continuación. Lo abrazo y le deseo un buen regreso con el guía auxiliar Mikhail.

La expedición se reduce a 3. Miro a Francisco antes de iniciar el tramo de cuerda y le digo que estamos fuertes para hacer cumbre, que vamos bien. Con una mirada nos entendemos: haremos cumbre. En las semanas previas al viaje desarrollamos una fuerte compenetración que también se ha dado aquí en Rusia. Somos dos personas disciplinadas, con capacidad de esfuerzo y altamente perseverantes que hemos preparado durante los meses previos la ascensión. Somos también dos personas altamente comunicativas y para mí esto resulta un aspecto clave a la hora de construir equipos de montaña.

En la sección de cuerdas le trasladamos a Ivan que queremos un ritmo más moderado. No queremos quemarnos, queremos disfrutar de la experiencia sin necesidad de incurrir en un esfuerzo desmesurado. El tramo de cadenas es el más duro de la ascensión sin llegar a ser superduro.

La aparición de los primeros rayos de luz, así como las amables temperaturas del día, facilitan nuestro progreso. Cuando concluye la sección equipada con cuerdas nos encontramos prácticamente a 5.500 metros y allí la mayoría de los alpinistas se toman un descanso antes de atacar la cumbre. Como un poco, bebo líquido y compruebo que mi saturación de oxígeno es del 73%, un parámetro que, dada la altura a la que nos encontramos, no está nada mal.

Los últimos metros hasta la cumbre me recuerdan al Kilimanjaro. Hay un camino llano donde ves que la gente camina en plan “zombie”, pero no es mi caso. No voy modo “zombie”, estoy modo disfrutando de una ascensión que he gestionado muy, muy bien. A nivel de respiración y cardio me encuentro superbién, no presento síntomas de mal de altura y el único peaje que presento es dolor en pies y tibias por la dureza de las Sportiva G2.

Mi cabeza, por unos momentos, se ha ido a Tanzania, al Kilimanjaro, pero vuelvo al presente: estoy en Rusia, en el Elbrus. Piso con firmeza, respiro felicidad. Un paso tras otro. Escucho sonidos de alegría cada vez más cercanos, levanto la mirada y ahí lo tenemos. El Elbrus, coronado por múltiples alpinistas eufóricos. Nosotros también formamos parte de ello.

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Celebro con mucha fuerza y alegría los 5.642 metros del techo ruso, del techo continental europeo, de mi 35º Top Summit. Abrazo a quien no tenía ninguna duda de que nada podría detenerlo en su propósito hacia la cumbre. Francisco se merecía mucho este Elbrus, me alegro muchísimo por él. Es una persona humilde, noble, trabajadora y con muy buenos valores. También es alguien creyente. El Cristo de Jumilla también nos acompañó hasta la cumbre. La credencial del Cristo y el pin que nos regaló permanecerán para siempre en mi mochila, presentes en todas las expediciones futuras.

A nivel personal, después de las no cumbres del Ojos del Salado y del Aconcagua, es una alegría inmensa volver a hacer una cumbre de altura. No obstante, en esta cumbre tengo una alegría multiplicada, en tanto que la “plaza” rusa presenta una dificultad añadida por las características, particularidades y momento que vive el país. Me hace feliz haberme regalado una experiencia de vida en este rincón del planeta. Aquella visión que tuve en el avión de regreso de Argentina a Barcelona se ha materializado. A veces, para avanzar, hay que dar un paso atrás, y la altura del Elbrus la he digerido a la perfección y eso me llena de confianza.

Inmortalizados los momentos de celebración en la cumbre, resulta prioritario para mí cambiarme de calzado, ya que las Sportiva G2 me están torturando y provocando múltiples heridas abiertas en pies y tibias. La bajada, a pesar del cambio de botas, la sufro, pero no me importa: el dolor es transitorio y la gloria es eterna. Recordaré para siempre esta cumbre y, sobre todo, este viaje.

El viaje al Elbrus ruso era muy consciente de que contenía varias cumbres: algunas físicas y otras metafóricas, y es que transitar por un país con múltiples restricciones no es una empresa fácil. Durante mi estancia en el país experimenté hasta qué punto determinadas restricciones podían condicionar acciones tan cotidianas como disponer de dinero, comunicarme o acceder a determinados servicios. Todo ello me hizo tomar conciencia de hasta qué punto determinadas decisiones políticas pueden llegar a condicionar la libertad y la autonomía de una persona.

 

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Llegados a Terskol, a nuestro hotel, experimentamos esa sensación de vulnerabilidad, de fragilidad… que a medida que se acercaba el viaje me inquietaba, al mismo tiempo que procuraba no darle relevancia. Nos llegó la noticia de que nuestro vuelo de salida de Rusia había sido cancelado y de que no había más vuelos programados hasta Tbilisi (Georgia).

Luis comentaba que la inminencia de las elecciones presidenciales (en una semana) había propiciado que los aeropuertos rusos se convirtieran en potenciales objetivos de ataques terroristas. Verdad o mentira, no lo sabremos. La realidad es que nuestra salida de territorio ruso se produjo por vía terrestre en un trayecto de 9 horas que nos llevó a atravesar el Cáucaso y cruzar primero la frontera rusa y, a continuación, la georgiana.

Fueron 9 horas de observación a través de la ventana de una furgoneta, desde la que pudimos contemplar uno de los paisajes más bonitos que han presenciado mis ojos. Fue una observación de contrastes. De la caída de un sistema (el ruso) y del auge de otro (Georgia desprendía cambio, desarrollo, prosperidad, dinamismo, construcción y crecimiento). Durante los días que pasé en Rusia tuve a menudo la sensación de estar en un país atrapado en el tiempo, marcado por la rigidez, la opresión y el miedo, e inmerso en una guerra que impone un enorme peaje humano y social a su población. Lo que más me sorprendió, sin embargo, fue el silencio: durante toda una semana en el país, nadie con quien coincidimos habló de ello.

Gracias al pueblo ruso por cuidarme, por ser generoso y amable conmigo, así como por regalarme esta gigantesca aventura de viaje. Sonrío cuando, ya con los pies en Georgia, mi tarjeta bancaria permite realizar un pago. Uno de los pagos más felices de mi vida.

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