CIMAS

CIMA Nº 34: Galdhøppigen (Noruega)

NORUEGA

Galdhøppigen

12/07/2026

ALTITUD

2.469 m

ANDREU LÓPEZ

NIVEL DIFICULTAD

MEDIO

CRÓNICA

Acabo de aterrizar del viaje a Serbia y ya tengo ganas de vivir nuevas aventuras, así que se me aparece un «flash» en forma de Noruega que decido no ignorar. Cuando tengo un «feeling», y este es especialmente intenso, suelo hacerle caso. Así que, en una noche altamente productiva, dejo reservado el vuelo, alquilado un coche eléctrico y automático (será mi primera experiencia tanto con un vehículo eléctrico como con uno automático) y también reservo la primera noche en Oslo y las noches segunda, tercera y cuarta en la localidad de Lom, situada a unas 4 horas de la capital y que se convertirá en mi base de operaciones durante mi recorrido por los Alpes Escandinavos.

El 10 de julio llega enseguida. Apenas ha pasado un mes y medio desde la aventura balcánica con mis sobrinos. El vuelo de Norwegian Airlines despega de la Terminal 2 del Aeropuerto de Barcelona-El Prat a las 15:30, y llego algo justo de tiempo con los preparativos del viaje. A diferencia de mis dos anteriores aventuras de 2026, Irlanda y Serbia, en las que viajé únicamente con equipaje de mano, esta vez decido llevar material invernal por si fuera necesario. En la mochila no faltan el casco, el piolet, los crampones y ropa de abrigo, entre otros elementos, por si me encuentro acumulaciones de nieve en la montaña.

Durante los últimos días he ido siguiendo de cerca la evolución de las temperaturas. Aunque estas han aumentado gradualmente, en la cumbre todavía se registran mínimas de -5 °C y máximas de apenas 5 °C, unas condiciones que me hacen dudar sobre lo que me encontraré allí arriba.

Salgo a las 12:30 de mi piso de Collbató y llego media hora después al aparcamiento de AENA, junto a la Terminal 2, donde devoro rápidamente la comida que me he preparado antes de emprender el viaje. A pesar de estar en pleno mes de julio, la terminal no está especialmente concurrida y completo todos los trámites en menos de diez minutos.

Todavía me queda una hora y media larga hasta la salida del vuelo, un tiempo muerto que aprovecho para trabajar. Últimamente mi trabajo me está exigiendo mucho y, en ocasiones, me resulta complicado desconectar por completo del ordenador durante varios días consecutivos. Sin embargo, no vivo el hecho de trabajar durante las vacaciones como un castigo, sino todo lo contrario. Tengo la enorme suerte de dedicarme a una profesión que realmente me apasiona.

 

El trayecto hasta Oslo dura tres horas y media, que aprovecho para descansar, ya que la semana ha sido especialmente intensa en el trabajo, y también para leer uno de los dos libros que me he llevado para el viaje: Viaje al centro de la Tierra, del escritor y visionario Jules Verne, uno de los grandes de la literatura universal y un auténtico referente de las novelas de aventuras.

El aeropuerto de Oslo no es especialmente grande y, una vez recogido mi equipaje, me dirijo a los mostradores de Hertz. Todo apunta a que se trata de una compañía muy consolidada en los países escandinavos y las excelentes valoraciones que había leído terminaron de convencerme para alquilar con ellos.

Completados los trámites y firmada la documentación correspondiente, me dirijo a recoger el coche. Nada más sentarme al volante me doy cuenta de que tengo un problema… o, mejor dicho, dos. El primero es que no sé cómo mover el asiento: mis pies quedan a varios palmos de los pedales. El segundo es todavía más importante: nunca antes había conducido un coche automático y no tengo ni idea de cómo funciona.

Más vale prevenir que curar, así que regreso a las oficinas de Hertz y le pregunto a una de las empleadas si sería tan amable de hacerme un pequeño «tutorial» sobre el funcionamiento del vehículo.

La clase fue breve, pero tremendamente efectiva. Para ajustar el asiento simplemente me faltaba algo de cultura de videojuegos, porque el mando funciona exactamente igual que un joystick. En cuanto al cambio automático, todo se controla mediante una pequeña palanca situada detrás del volante, desde la que se seleccionan las diferentes posiciones de conducción.

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La verdad es que el coche es una auténtica maravilla, equipado con numerosos sistemas inteligentes que hacen la conducción mucho más cómoda y segura. El alquiler durante seis días, con seguro a todo riesgo incluido, me costó 325 euros, un precio realmente económico tratándose de Noruega. Eso sí, conviene optar por un vehículo eléctrico, ya que si se elige uno de gasolina o diésel el coste del alquiler puede llegar a duplicarse o incluso triplicarse.

Me separan unos 45 minutos de Oslo. El aeropuerto de Gardermoen se encuentra algo alejado de la capital, así que afronto el trayecto con calma. Son muchos los estímulos y diferencias respecto a mi KIA Sportage, y prefiero familiarizarme poco a poco con el vehículo. Además, conduzco con extrema prudencia por los estrictos límites de velocidad noruegos. Superarlos en apenas 20 km/h puede suponer una multa de 800 euros, además de la correspondiente comparecencia judicial.

Oslo es la capital y la ciudad más poblada de Noruega, con alrededor de 700.000 habitantes, además de ser el principal centro político, económico y cultural del país.

Me alojo en el Scandic St. Olavs Plass, un hotel con una excelente relación calidad-precio. Nada más llegar, me instalo en la mesa española, porque hoy se disputan los cuartos de final de la Copa del Mundo de fútbol y España se enfrenta a Bélgica.

El partido transcurre muy igualado, aunque la lesión del portero belga Thibaut Courtois acaba siendo determinante. España termina imponiéndose 2-1 y consigue el billete para las semifinales.

Y aunque ya son las 23:30, en Noruega la noche parece no llegar nunca. Es momento de retirarse. Subo a la habitación, leo unas páginas más, me coloco el antifaz para protegerme de la claridad que todavía entra por la ventana… y a dormir.

El check-out es a las 12:00, así que decido dejar el equipaje en la habitación y salir a pasear por las principales calles comerciales de la ciudad. Aprovecho también para visitar el lugar donde se entrega el Premio Nobel de la Paz, el único de los Premios Nobel que se concede en Oslo, ya que el resto se entregan en Estocolmo (Suecia).

Lo cierto es que en las calles se respira un gran ambiente de Copa del Mundo. Hay muchos jóvenes preparándose para el partido de la noche, en el que Noruega se enfrentará a Inglaterra en un duelo que promete ser apasionante.

El paseo es breve, aunque me viene muy bien para estirar las piernas durante un par de horas. También aprovecho para comprar algún souvenir. A las 12:00 regreso al hotel, recojo el coche, que ha pasado la noche «durmiendo» en un aparcamiento subterráneo de pago, y pongo rumbo al siguiente destino.

El lugar que introduzco en la aplicación Waze es Kvila Hytteutleie, situado a unas cuatro horas y media de Oslo. La capital se encuentra en el sur del país, mientras que Trondheim, la tercera ciudad más poblada de Noruega, está situada al norte. Kvila podría decirse que se encuentra aproximadamente a medio camino entre ambas.

Hoy no tengo ningún otro objetivo turístico más que llegar a Kvila, así que conduzco sin prisas. Además, una vez superada Lillehammer, buena parte del recorrido transcurre por carreteras donde el límite de velocidad es de 80 km/h.

El paisaje es sencillamente precioso. Un río de gran caudal discurre paralelo a la carretera durante muchos kilómetros, mientras un bosque prácticamente infinito acompaña todo el trayecto. La verdad es que en este país me siento como en casa. Noruega es, sin duda, uno de mis destinos favoritos.

Uno de los aspectos que hay que tener en cuenta cuando se viaja con un vehículo eléctrico es la recarga de la batería. Recomiendan no dejar que baje del 20 %, así que, como todavía soy un principiante en este mundo, pido ayuda a otras personas que también están cargando sus coches. El sistema no resulta del todo intuitivo, ya que es necesario descargar una aplicación específica para poder iniciar la recarga.

El coste de la carga me sorprende gratamente: menos de 15 euros. Además, me gusta la idea de estar utilizando energía limpia, hasta el punto de que empiezo a plantearme seriamente que mi próximo coche sea eléctrico. Mientras la batería se recarga, aprovecho para comer.

Hacia las 19:30 llego a Kvila, que será mi hogar durante los próximos tres días. He reservado una pequeña cabaña con vistas al río que resulta perfecta para lo que necesito. Dispone de dos camas, un sofá, una mesa que me vendrá muy bien para trabajar y una cocina totalmente equipada con nevera.

Más que suficiente. Las tres noches me han costado 260 euros en total, un auténtico regalo para los precios que se manejan en Noruega, donde una simple pizza para cenar puede costar 40 euros. Así que, amigos y amigas, conviene no despistarse con el bolsillo cuando se viaja por estas tierras.

A las 21:00 ya he cenado y el partido entre Noruega e Inglaterra no comienza hasta las 23:00, así que dedico buena parte de esas dos horas a preparar la mochila y la ropa para la jornada de mañana, además de estudiar la ruta que seguiré. Como en todos los Top Summits, optaré por la ruta clásica, la opción más sencilla y la que evita atravesar el glaciar, donde sí resulta recomendable contratar los servicios de un guía de montaña.

 

El encuentro entre Noruega e Inglaterra no responde a las expectativas. Ambos equipos ofrecen un juego demasiado conservador y el espectáculo deja bastante que desear. Las eliminatorias tienen estas cosas: nadie quiere cometer un error que le cueste la eliminación y eso hace que los equipos asuman pocos riesgos.

Me habría gustado que Noruega siguiera adelante, pero la fortuna sonríe a los Three Lions, que se clasifican para disputar la semifinal frente a la Argentina de Messi.

Es hora de irse a dormir. Dentro de pocas horas, el señor Sol volverá a llamar a la ventana.

Cuesta descansar profundamente en Noruega, ya que siempre hay un poco de claridad y, a partir de las cinco de la mañana, el sol comienza a asomarse por el horizonte. Pero hoy no hay excusas: es día de “Summit”, y el cuerpo lo sabe.

La ruta comienza en el refugio de Spiterstulen, situado a unos 1.100 metros de altitud, al que llego tras recorrer una pista de unos veinte kilómetros en coche. Un consejo para quienes quieran realizar esta ascensión: es necesario pagar, mediante una aplicación, el acceso por la carretera privada que conduce hasta el refugio, así como el estacionamiento del vehículo en la explanada situada junto al inicio de la ruta. No hacerlo puede salir muy caro, porque los noruegos no entienden de medias tintas cuando se trata de cumplir las normas.

La ruta que parte de Spiterstulen es la opción menos técnica, ya que la alternativa que cruza el glaciar requiere obligatoriamente la contratación de un guía profesional. Se trata de un recorrido lineal de unos 6 kilómetros de subida (12 kilómetros entre ida y vuelta), con un desnivel positivo cercano a los 1.400 metros. La ascensión transcurre por una interminable pedrera que exige mantener la concentración prácticamente durante todo el recorrido, ya que apenas existen tramos sin roca. En algunos puntos hay que atravesar pequeños neveros, aunque la huella está perfectamente marcada y, en las condiciones de hoy, no es necesario utilizar material técnico específico.

Durante la ascensión confirmo algo que ya intuía: los noruegos y las noruegas están realmente fuertes y sienten una auténtica pasión por la montaña. Comparto con ellos una magnífica jornada de senderismo, favorecida además por una meteorología excepcional. El cielo está completamente despejado y la temperatura resulta tan agradable que, por momentos, parece que estemos caminando por el Mediterráneo.

La ruta hasta los 2.469 metros está perfectamente señalizada mediante marcas rojas que acompañan al montañero durante todo el itinerario. Una vez en la cima, el esfuerzo encuentra su recompensa. Las vistas son sencillamente espectaculares y el Galdhøpiggen ofrece un impresionante mirador de 360 grados sobre los Alpes Escandinavos.

Me siento especialmente feliz por haber alcanzado este objetivo. Es el Top Summit número 34 y, además, supone regresar una vez más a Noruega, uno de mis países favoritos por la espectacularidad de sus paisajes, la fortaleza de su modelo organizativo, la solidez de su sociedad y, sobre todo, por la calidad humana de su gente.

Llego de nuevo a Kvila hacia las siete y media de la tarde y opto por una solución cómoda para cenar: regreso a la pizzería situada junto al alojamiento. No es especialmente buena, tampoco especialmente bonita y, desde luego, no es barata, pero no hay ninguna otra alternativa en un radio de diez kilómetros y hoy ya estoy completamente en modo refugio.

Después de cenar vuelvo a mi cabaña. Allí leo un rato y termino Viaje al centro de la Tierra, de Jules Verne. Aprovecho también para ordenar el equipaje y la habitación, publicar las últimas imágenes de la jornada en Instagram y retirarme a descansar. La jornada ha sido intensa y el cuerpo pide descanso.

La luz del sol me despierta alrededor de las cinco y media de la mañana. Hoy no toca caminar, así que me permito el lujo de permanecer un rato más en la cama.

No hay grandes aventuras turísticas que compartir. Las obligaciones de ser freelance y dirigir un proyecto propio hacen que hoy me espere una intensa jornada de trabajo, unas aventuras laborales que, por esta vez, prefiero reservarme.

Aun así, afronto el día con tranquilidad y me concedo varios descansos en los que simplemente contemplo el río que discurre junto al alojamiento. Alrededor de las ocho de la tarde cojo el coche y me acerco hasta Lom para estirar las piernas y cenar cualquier cosa que no sea otra pizza de cuarenta euros.

Ya estoy de vuelta en Kvila. La ensalada griega ha sido una gran elección. El paseo ha resultado muy agradable y todavía he podido disfrutar de unos minutos de lectura mientras los últimos rayos de sol acariciaban mi rostro.

Me retiro a dormir. Mañana vuelve a tocar ruta y quiero intentar descansar un poco más y mejor que en los días anteriores.

Abandono Kvila, no sin antes despedirme de los propietarios, que han sido extremadamente amables conmigo durante toda la estancia. Incluso me han permitido cargar la batería del coche durante la noche, un gesto que agradezco sinceramente.

Seguimos entre fiordos, lagos, ríos y paisajes espectaculares, y esta vez recorriendo la ruta de Besseggen, un itinerario que puedo situar, sin ninguna duda, entre los 10 mejores que he realizado jamás.

La ruta comienza en Gjendesheim, a unos 1.000 metros de altitud, después de dejar el coche en un aparcamiento (de pago) y tomar un autobús (cómo no, también de pago 😜). Entre el aparcamiento y el inicio del sendero hay aproximadamente un kilómetro y medio, por lo que quien lo prefiera puede prescindir perfectamente del autobús y recorrer ese tramo a pie.

Nos encontramos en la parte oriental del Parque Nacional de Jotunheimen, junto al inmenso lago Gjende, que durante estos días ha sido un compañero inseparable en nuestro recorrido por esta región de Noruega.

Últimamente, en mis viajes he optado por planificar únicamente lo imprescindible y dejarme llevar por la voz local, casi siempre la más sabia. Esta ruta es precisamente fruto de la recomendación de los muchos noruegos y noruegas que he conocido durante este viaje y que han sido extraordinariamente amables conmigo.

A medida que el sendero gana altura, el paisaje se vuelve todavía más espectacular. Cuando se alcanzan los 1.600 metros de altitud, el panorama resulta tan impresionante que cuesta encontrar palabras para describirlo. Lagos infinitos, ríos que confluyen entre sí, una inmensa sucesión de prados y montañas verdes que se pierden en el horizonte… Y, una vez más, la sensación de encontrarse en un país donde la naturaleza es casi una religión. Esa conexión de los noruegos con su entorno se percibe a cada paso y hace que la experiencia resulte todavía más especial.

Una vez alcanzada la cota de los 1.600 metros, la ruta continúa durante unos tres o cuatro kilómetros prácticamente llanos, que permiten disfrutar, especialmente hacia la izquierda, de un paisaje sencillamente colosal.

El recorrido tiene una longitud aproximada de 15 kilómetros y un desnivel positivo cercano a los 1.000 metros. Entre los kilómetros 8 y 10 aparece el tramo más técnico y aéreo de la jornada, con algunas pequeñas trepadas y destrepadas. Aun así, en ningún momento representa un peligro significativo, ya que el terreno es amplio y ofrece buenos puntos de apoyo durante todo el recorrido.

La ruta finaliza en Memurubu, también a unos 1.000 metros de altitud, desde donde un ferry nos devuelve al punto de partida en un agradable trayecto de unos veinte minutos navegando por el lago.

Con esta excursión llegan a su fin las aventuras de TSOW por tierras noruegas.

Para hacer más llevadero el regreso hasta Oslo, decido alojarme en Lillehammer, situada aproximadamente a mitad de camino del aeropuerto. Es una ciudad conocida por haber sido la sede de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1994, aunque, más allá de ese legado olímpico, no presenta un especial interés turístico y constituye, sobre todo, una excelente parada estratégica antes de emprender el regreso.

Hoy también es día de fútbol. Y no de un partido cualquiera.

Se disputa la primera semifinal de la Copa del Mundo entre España y Francia.

La suerte no está de mi lado con la conexión a internet ni con la cobertura, algo bastante sorprendente tratándose de Noruega. Veo el partido entre constantes interrupciones y cortes de señal. Una auténtica lástima, porque son encuentros que se disfrutan muy pocas veces, con algunos de los mejores futbolistas del mundo sobre el terreno de juego.

Hoy el azar no me acompaña, pero sí acompaña a España, que pasa por encima de la todopoderosa Francia y consigue el pase a la gran final.

Au revoir, les Bleus.

Me levanto. Hoy tampoco hay aventuras turísticas que compartir. Durante toda la mañana me toca trabajar y realizo un intenso bloque de trabajo desde el camping donde me he alojado hasta las 15:00. A partir de ahí, toca comer, lavar el coche, cargar por última vez la batería y comenzar el camino de regreso hacia el aeropuerto.

Me siento inmensamente feliz por la aventura que he vivido durante estos días. Aunque he viajado solo, paradójicamente he tenido la sensación de estar acompañado por el mundo. Siempre que he necesitado una mano, un consejo o simplemente compartir un momento, alguien ha aparecido en el camino.

Gracias, Noruega, por regalarme un nuevo capítulo de TSOW, esta vez con un marcado espíritu vikingo.

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