CIMAS
CIMA Nº 33: MIDZOR (SERBIA)
SERBIA
MIDZOR
30/05/2026
ALTITUD
2.169 m
Albert López, Miquel López Y Andreu López
NIVEL DIFICULTAD
BAJO
CRÓNICA
Este año nos costó bastante encontrar un destino y una cima que encajaran, y también cuadrar agendas. Nil López, mi sobrino mayor, causará baja esta temporada, por lo que la expedición estará compuesta por un total de tres integrantes.
Serbia, oficialmente República de Serbia, es un país balcánico sin salida al mar que limita con Hungría al norte; Rumanía y Bulgaria al este; Macedonia del Norte y Albania al sur; y Bosnia y Herzegovina, Croacia y Montenegro al oeste.
Serbia es una nación antigua. Su origen como dinastía serbia se remonta al año 620, hace más de 1.400 años. Cuenta con una población de aproximadamente 6,7 millones de habitantes, de los cuales cerca de 1,2 millones viven en la capital, Belgrado, que precisamente será nuestra primera etapa del viaje.
Despegamos con Air Serbia desde la Terminal 2 del Aeropuerto de Barcelona-El Prat y, tras aproximadamente dos horas y media de vuelo, aterrizamos en el Aeropuerto Nikola Tesla de Belgrado.
Nikola Tesla es uno de los grandes inventores de la historia, con más de 280 patentes registradas en 26 países. Entre sus contribuciones más destacadas figuran el motor electromagnético y el desarrollo del sistema polifásico de corriente alterna, innovaciones que hicieron posible la electrificación masiva del planeta. Así que el bueno de Tesla tiene más que merecido que el aeropuerto nacional lleve su nombre.
Y ahora que ya conocemos algunas generalidades del país… luces, cámara y acción.
El hotel en el que nos alojamos se encuentra en el barrio de Skadarlija, una excelente opción para degustar la gastronomía típica serbia gracias a la gran cantidad de restaurantes y locales tradicionales que alberga.
Skadarlija, conocido como el Montmartre de Belgrado, es un barrio bohemio de calles peatonales estrechas y empedradas que no os podéis perder durante vuestra visita a la capital. Nuestra siguiente parada son la Plaza de la República y la calle Knez Mihailova, auténtico corazón de la ciudad. Knez Mihailova es una elegante avenida peatonal repleta de boutiques de lujo y reconocidas marcas internacionales.
En nuestro paseo vespertino tampoco puede faltar la joya de la corona: la fortaleza de Kalemegdan, uno de los símbolos más emblemáticos de Belgrado y testigo privilegiado de su pasado histórico. Situada en la confluencia de los ríos Sava y Danubio —este último me parece especialmente fascinante— ofrece impresionantes vistas panorámicas de la ciudad y sus alrededores. Se trata de un recinto muy amplio, ideal para relajarse y dejarse llevar. Nosotros aprovechamos los últimos rayos de sol del día para tomar algo mientras contemplamos el paisaje.
Me siento algo dolorido del tobillo, en el que hace apenas diez días sufrí un doble esguince, así que después de cenar me retiro temprano a la habitación y dejo que los más jóvenes del grupo prolonguen la noche.
Habíamos quedado para desayunar a las 9:30, pero como no hay señales de vida en el grupo de WhatsApp que compartimos con mis sobrinos, decido salir por mi cuenta a estirar las piernas y, de paso, hacer algo de turismo visitando la iglesia de San Sava. San Sava es una de las iglesias ortodoxas más grandes del mundo y una parada imprescindible para los amantes de la arquitectura y la historia.
Durante mi paseo también tengo tiempo para pasar frente al Museo Nikola Tesla, aunque no para visitarlo, ya que antes de las doce debo regresar al hotel para realizar el check-out. A las 12:00 abandonamos el hotel, ahora sí con el equipo nuevamente reunido, y cambiamos completamente de escenario. Dejamos atrás los entornos urbanos para dirigirnos al noreste del país, donde se encuentra el Midzor, techo de Serbia con sus 2.169 metros de altitud.
El trayecto entre Belgrado y el Hotel Stara Planina nos llevará unas cuatro horas, aunque en ningún momento se hace pesado, ya que los paisajes serbios resultan realmente agradables a la vista. Llegamos prácticamente a la hora de cenar y, mientras compartimos mesa, comentamos brevemente la ruta del día siguiente. No nos detenemos demasiado en la planificación porque la ascensión no presenta grandes complicaciones técnicas y la previsión meteorológica es excelente.
Comenzamos a caminar alrededor de las 10:30 desde el refugio de montaña Babin Zub, situado a 1.550 metros de altitud y a tan solo quince minutos en coche del hotel. El Hotel Stara Planina, situado a los pies de una estación de esquí, es una opción de alojamiento muy interesante y perfectamente equipada, con spa, gimnasio, piscina exterior y otros muchos servicios.
La previsión meteorológica no falla y un sol radiante nos recibe en Babin Zub, desde donde iniciamos la marcha. La ruta es lineal, con una distancia total de 12 kilómetros y un desnivel positivo acumulado de unos 750 metros, concentrados principalmente en los primeros y últimos kilómetros del recorrido.
La ascensión hasta la cima es un agradable paseo sin ninguna complejidad técnica. Los senderos son amplios y cómodos, atravesando un paisaje completamente verde y abierto que nos permite divisar, en el horizonte, territorio búlgaro.
Desde Bulgaria, la ascensión al Midzor es considerablemente más exigente, con pendientes mucho más pronunciadas. Durante nuestro avance encontramos bastante afluencia de personas. A la accesibilidad de la ruta se suma el hecho de que es sábado, día festivo para muchos excursionistas.
Los 2.169 metros llegan antes de lo esperado y la subida no nos lleva ni siquiera dos horas. Es el tercer techo nacional que comparto con mis sobrinos y, para mí, resulta muy emocionante encontrarnos aquí, a tantos kilómetros de nuestro lugar de origen, descubriendo mundo y viviendo nuevas aventuras.
El día es magnífico. El tobillo ha respondido muy bien y el dolor ha sido mínimo. Me quito las botas y los calcetines en la cima para que mis pies respiren el aire de las alturas serbias. Pasamos aproximadamente cuarenta y cinco minutos en la cumbre descansando, contemplando el paisaje, comiendo y conversando. El regreso no tiene ningún misterio más allá de deshacer el camino recorrido. Siempre que puedo evito las rutas lineales, ya que no me llevo especialmente bien con la monotonía y la repetición. Sin embargo, en el caso del Midzor, desde la vertiente serbia no existían alternativas distintas a la ruta seguida.
Después del trabajo de piernas matinal que supone la ascensión al Midzor, nos espera una tarde de spa, sauna y relax en las instalaciones del hotel, algo que a mi tobillo todavía lesionado le sienta de maravilla. Y después del agua llega el turno del fútbol. Hoy se disputa la final de la Champions League entre el Arsenal y el PSG. Este último acabará proclamándose campeón por segunda edición consecutiva tras una emocionante tanda de penaltis. Con los hombres del técnico español Luis Enrique levantando el trofeo, nos retiramos a las habitaciones. Mañana nos espera una jornada intensa, con entre seis y siete horas de conducción.
Nos despertamos temprano para disponer de tiempo suficiente para todo lo que queremos hacer. La primera parada, tras unas tres horas de carretera, es el Parque Nacional de Đerdap, donde visitaremos la fortaleza de Golubac. Esta joya medieval del siglo XIV destaca por sus diez torres y por su espectacular ubicación junto al cañón más largo y profundo de Europa. La carretera que conduce hasta Golubac invita a conducir despacio y disfrutar del Danubio, que discurre paralelo a la vía y actúa como frontera natural con la vecina Rumanía, país que visité en octubre de 2023 junto a Jordi Girona y donde también alcanzamos el techo nacional, el Moldoveanu Peak, de 2.544 metros.
En la compra de las entradas para visitar la fortaleza tenemos cuatro opciones (color verde, azul, rojo o negro). Me decanto por la opción negra —una visita para la que es necesario llevar calzado deportivo y ropa cómoda— y, efectivamente, el recorrido me obliga a trepar por rocas y superar algunos pasos equipados con cadenas. Bromeo con el guía que nos acompaña durante la visita y le digo que el verdadero Top Summit de Serbia es la torre de la fortaleza.
Una vez visitada la fortaleza, hacemos una breve parada para reponer fuerzas y, tan pronto como terminamos, volvemos a subir al coche en dirección a Novi Sad, ciudad situada al norte de Serbia, a orillas del omnipresente río Danubio.
Novi Sad es la segunda ciudad más grande de Serbia y, antes de cenar, nos apetece dar un paseo para conocerla. El ambiente es tranquilo, ya que es domingo, y eso no juega precisamente a favor de los intereses de mis sobrinos, que esperaban aprovechar el día para salir de fiesta.
En mi caso, me retiraré temprano. El tobillo ha mejorado mucho, pero cuando permanezco de pie soportando todo el peso del cuerpo todavía me provoca dolor, así que prefiero descartarme por si la anestesia del alcohol acabara provocando un problema mayor en la lesión.
A las 10:00 realizamos el check-out del apartamento en el que nos hemos alojado y, desde allí, nos dirigimos a la fortaleza de Petrovaradin, que ofrece unas magníficas vistas panorámicas de la ciudad. Desde lo alto disfrutamos de un brunch y emprendemos el camino de regreso hacia Belgrado. Sin embargo, todavía no nos dirigimos al aeropuerto, sino que ponemos rumbo al barrio de Novi Beograd.
En esta ocasión, el motivo de la visita es el turismo de juego. Tenemos una cierta afición familiar por visitar ocasionalmente algunos casinos, así que decidimos pasar allí un par de horas que, en mi caso, se saldan con un balance económico neutro.
Lo que no es neutro, en cambio, es el saldo de la mochila de la vida, que suma una nueva experiencia y un nuevo viaje por el mundo. Esa mochila sigue creciendo y ya son 33 los techos nacionales que hemos alcanzado.
Sin embargo, este proyecto no trata únicamente de cumbres. Trata también de compartir experiencias con otras personas —afines o conocidas durante el viaje—, de descubrir nuevas culturas y de comprender mejor cómo se ha forjado la historia de la humanidad.
Desconozco adónde me llevará este proyecto y cuántas cimas llegaré a alcanzar dentro de él. No me preocupa el final. Lo que me importa es el camino, disfrutar del desarrollo de esta experiencia tan grande y extraordinaria en la que se ha convertido este viaje de vida.
Hablábamos con mis sobrinos sobre Singapur 2027, sobre la posibilidad de que quizá mi hermano también se una a la aventura… Quién sabe qué nos deparará el futuro. Por mi parte, estaré encantado de compartir el proyecto de TSOW con cuantas más personas mejor, porque, al fin y al cabo, «la felicidad solo es real cuando se comparte».
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